Nota legal: este relato está basado en una historia muy corta que circulaba por la internet, escrita en inglés y sin autor.
Soy un mono. Un chimpancé macho, adulto, enorme, fuerte y peludo. Soy el típico animalazo que los niños miran fascinados en el zoo, mientras sus padres se sienten incómodos pensando si sus críos no se estarán acercando demasiado a una bestia peligrosa. Lo sé porque estuve una temporada en el zoo.
El humano típico no tiene ni idea de que a un mono no se le debe sonreír. Entre nosotros, mostrarnos los caninos es una invitación a la pelea. Pero los niños humanos no pueden evitarlo, todos ellos te irritan sonriéndote y mostrándote sus ridículos dientes de leche. Cuando eres tú quien les muestra tus caninos en respuesta a su desafío, los niños sonríen aún más, pensando que tú también estás sonriéndoles, y empiezan a agitarse de un lado a otro, moviendo los brazos y dando chilliditos de alegría. Por supuesto, semejante insulto no puede quedar sin contestación. Al principio les tiraba mierda a través de los barrotes de la jaula, pero luego descubrí que las madres humanas reaccionaban mucho peor si me masturbaba y eyaculaba encima de sus hijos. Me imagino que a la mayoría de ellas les resulta más cómodo lavar una camiseta pringada de mierda que explicarle a sus hijos algo sobre sexo.
Pero tengo que decir que los problemas que tuve en el zoo no fueron sólo culpa de los visitantes. Incluso entre los machos dominantes de mi especie soy un auténtico cabrón. Para empezar, nací en la selva, donde uno tiene que luchar para sobrevivir. No como estos inútiles del laboratorio, que se han pasado la vida esperando a que el encargado de turno les tire un poco de bazofia, y se lo agradecen haciéndole alguna monada.
Pero es que además no recuerdo a mi madre. Me imagino que moriría cuando yo era una cría. En mi clan habían pocas hembras, y sin nadie que me defendiese, los adultos solían violarme, dándome por culo cuando no había ninguna hembra en celo. Los humanos tienen problemas con este tipo de cosas; en realidad era simple, un macho dominante quería follar, no había hembras adultas que se dejasen, y tú no eras un macho dominante, así que le ponías el culo como un gesto de sumisión. Eso sí, era incómodo. Un día me estaba porculizando un chimpancé viejo que me caía particularmente mal, y me cansé de aguantarle, así que hice una pirueta de contorsionista y de un mordisco le arranqué los cojones y algo más. Con su polla todavía dentro de mi culo, salí corriendo hacia donde estaba el resto del grupo, y allí cagué en público una polla de tamaño ridículo, porque había perdido toda la sangre. Desde entonces me dejaron en paz.
De adulto, me convertí en el macho dominante de mi grupo a base de pasarme el día dando hostias. Y claro, también me acostumbré a estar bien follado.
Cuando me capturaron y me mandaron al zoo estaba demasiado acostumbrado a ser una mala bestia. Tuve serios problemas de adaptación. No me acostumbraba a estar encerrado, y decían que era demasiado violento. Todo excusas, claro. En realidad, lo que pasaba es que los otros monos eran unos jodidos pringados que necesitaban que alguien les espabilase. Les pegaba, y ocasionalmente violaba a alguna hembra, porque éramos pocos y a veces pasaban semanas sin que ninguna se pusiese en celo. Debía ser la mierda de comida que nos daban.
Al final me sacaron del zoo y me mandaron a este laboratorio. Creo que esto tuvo algo que ver con una pelea ritual de competición por el liderazgo en la jaula. En realidad fue un accidente, yo tan sólo quería arrancarle un brazo para que no pudiese volver a luchar conmigo. Pero mientras le volteaba se me escapó de las manos, y el pobre mono salió volando hacia lo alto de la verja que nos separaba de los visitantes, donde se quedó empalado. El muy inútil empezó a desangrarse rápidamente mientras tenía convulsiones y esparcía sangre a chorros encima de una familia que estaba celebrando una primera comunión. La homenajeada, que llevaba un traje de blanco, tuvo un ataque de algo. Se montó un follón enorme y poco después estaba encerrado en una jaula pequeña, viajando a este sitio.
Es curioso, pero me adapté antes al ambientillo del laboratorio que al del zoo. En las jaulas pequeñas no hay nada que hacer. En la jaula grande me bastó con un par de peleas breves para que todos me respetasen.
La vida aquí es fácil pero aburrida. Frustrantemente aburrida. Durante este tiempo me he ido volviendo más astuto; no sé si son los experimentos de aprendizaje con bloques de colores, o las cosas que me inyectan. Pero estos humanos con bata blanca no se dan cuenta de que poco a poco han ido creando un monstruo en mí y en otro par de chimpancés que tienen todo el aspecto de haber crecido en la selva. A nuestra educación brutal han añadido inteligencia y frustración.
Los científicos se creen muy listos, pero cada vez que hago alguna travesura me basta con hacer un gesto cuco y rascarme la cabeza poniendo cara de gilipollas para que ellos me recompensen dándome un plátano y diciendo aquello de «mono bonito» o «buen chico».
En particular, ese humano llamado Roberto no puede concebir que yo haya hecho nada malo. Le gusta que le acaricie el brazo mientras le miro cariñosamente a los ojos, y siempre me da un plátano. Baboso. Me doy asco siendo tan servil, pero el caso es que, a diferencia de la selva, en este sitio la forma de alimentarse no es ser fuerte. Ya no le tiro mierda a los humanos cuando me sonríen. Pero en cuanto se dan la vuelta vuelvo a robarles la comida a los otros monos domesticados.
Pero estoy precipitándome. Volvamos al principio, cuando me trasladaron al laboratorio.
Empezaron sin inyectarnos nada. Simplemente nos tenían en las jaulas dándonos comida. Los tipos de bata blanca se pasaban el día revisando a cámara rápida las cintas de vídeo que eran filmadas continuamente, y apretaban frenéticamente teclas enfrente de esas pantallas con letras, apuntando qué monos habían follado con quién, cuándo, y cuantas veces.
Entonces empezaron a inyectarnos un líquido verdoso. No a todos; a unos pocos monos les inyectaban, además del líquido verde, alguna otra cosa. Y las inyecciones que le daban a algunos monos eran mayores que las que les daban a otros. Al principio nos inquietábamos mucho cuando nos pinchaban, pero yo fui de los primeros en acostumbrarme y dejar de oponer resistencia al ver una jeringuilla. Esto le gustó mucho a Roberto, que ya estaba convencido de que yo era un mono ejemplar. El muy pringao.
Fue extraño, de repente todos empezamos a tener unas ganas enormes de follar, y las hembras no necesitaban estar en celo para ponerse en posición. Nos pasábamos el día apareándonos todos con todas. Tremendo. Los humanos de batas blancas seguían observando con detalle las cintas de vídeo mientras se reían.
Luego dejaron de darnos las inyecciones del líquido verde, y las cosas volvieron a la normalidad durante un mes. Nos tomaron muestras de sangre y después empezaron a inyectarnos el líquido rojo. Y de repente nadie tuvo ningún interés en el sexo. Yo mismo no tuve ni una sola erección mientras me dieron el líquido rojo. No lo entiendo. No es que estuviese frustrado ni nada… simplemente, me olvidé del tema. Sé que parece increíble, pero asífue. No tenía ganas. Punto.
Pasados un par de meses, los tipos de bata blanca organizaron una fiesta en el laboratorio. Por alguna razón estaban satisfechos con nuestro comportamiento, y nos dieron cantidad de manzanas y zanahorias, mientras ellos bebían un líquido amarillo con burbujas. El bobo de Roberto me dio una naranja.
Después dejaron de darnos el líquido rojo, y de nuevo volvimos a la normalidad, apareándonos con las hembras cuando éstas estaban en celo, y pegándonos entre los machos cuando no había nada mejor que hacer. Esto duró un par de meses.
Entonces volvieron a tomarnos muestras de sangre, y después empezaron a inyectarnos el líquido azul. Y algo más extraño todavía ocurrió.
Me notaba raro. Tenía un humor extraño, estaba irritable.
De forma parecida a cuando nos inyectaban el líquido rojo, perdí el interés en las hembras. Pero no era lo mismo; seguía con mis erecciones, y hasta me pajeaba más de lo normal. Poco a poco, mis fantasías masturbatorias empezaron a cambiar. Seguía soñando con chimpancés… bueno, algo vagamente parecido a chimpancés. Pero no eran los mismos de toda la vida. Les faltaba algo. No sabía que era exactamente lo que quería.
Así pasó un mes, sin que ocurriese nada digno de mención, aparte de que las hembras en celo estaban de un extraño mal humor porque muy pocos de nosotros les hacíamos caso, a pesar de su insistencia. Uno pensaría que los humanos de batas blancas estarían aburridos mientras nos inyectaban este líquido azul, sin nada que hacer… pero no, al revés, se pasaban más y más tiempo observando las cintas de vídeo a tiempo real, en vez de a cámara rápida.
Estaban muy interesados en encontrar algo.
Y un día me di cuenta. Los chimpancés machos a mi alrededor estaban actuando de una forma extraña. Se tocaban mucho. Estaban siempre espurgándose entre ellos, a pesar de que casi no teníamos parásitos. Parecía como si el rebuscar entre el pelo del vecino fuese una excusa para acariciarlo. Resultaba tan extrañamente agradable que ni siquiera me apetecía torturar a mis compañeros mientras les espurgaba, pellizcándoles maliciosamente entre piojo y piojo como de costumbre. Hasta tal punto lo de cazar pulgas y piojos se convirtió en una excusa, que dejamos de comernos los que encontrábamos, porque apenas nos quedaban.
Debo aclarar que yo nunca había sido de esa clase de chimpancés, pero una tarde, de repente, después de la inyección de líquido azul, todos los machos empezamos a darnos por culo y a chuparnos las pollas los unos a los otros. No recuerdo quién empezó, pero el caso es que el resto de los machos nos unimos rápidamente a la orgía, como si de repente hubiésemos descubierto que es lo que nos gustaba… Que es lo que ocurrió en mi caso; de repente me di cuenta de qué es lo que le faltaba a los chimpancés de mis sueños: no eran hembras, no tenían tetas ni prolapso, sino tan sólo un culo. Había estado soñando durante meses con acariciar y encular a machos, sin saberlo.
Cuando esto ocurrió, el único humano en el laboratorio era Roberto, que inmediatamente empezó a hacer llamadas telefónicas. En pocos minutos el laboratorio se llenó de humanos jadeantes que nos observaban con sumo interés y no dejaban de hablar excitadamente. A nosotros nos daba igual que nos mirasen, habíamos descubierto qué era lo que queríamos hacer y pasábamos de todo.
Mucho antes de que nuestra orgía acabase, los humanos habían organizado su propia fiesta, mucho más grande que la anterior. Se hicieron multitud de fotos, algunas de ellas de científicos muy serios delante de las jaulas con monos porculizándose.
Varios humanos que habían bebido mucho líquido amarillo con burbujas empezaron a comportarse de forma extraña. Roberto fue uno de ellos. Se pasó una largo rato diciéndome cosas bonitas. Yo no le hacía caso, pero le miraba con cara de placer, tumbado boca abajo en el suelo mientras me jodían otros monos. Ese día nos dieron naranjas para todos, pero las hembras se las comieron casi todas, porque los machos estábamos demasiado ocupados.
Siguieron inyectándonos el líquido azul durante otro par de meses, durante los cuales los machos seguimos dándonos por culo como si el mundo se fuese a acabar antes de corrernos. Y entonces los tipos de las batas blancas dejaron de ponernos inyecciones.
A estas alturas ya conocíamos la rutina: en algo así como un mes se suponía que debíamos volver todos a la normalidad. Y sí, las hembras volvieron a resultar interesantes al cabo de unas semanas… pero los machos siguieron teniendo su cosilla.
Y, además, casi todos los chimpancés empezaron a hacer cosas raras.
Una de las hembras se pasaba el día chupándose un dedo, mientras tenía otro dedo metido en el chocho. Otra usaba plátanos para masturbarse, a pesar de que ni estaba en celo ni la faltaban machos. Había un macho que no comía nada sin antes habérselo follado, y otra hembra no comía nada que no se hubiese metido antes en el culo. Un monito comía sólo la mierda de las hembras adultas, a veces con tal ansia que no podía esperar a que hubiesen acabado de cagar para deglutirlas, amorrándose al culo de la propietaria.
Me imagino que todo esto tendría algo que ver con las guarradas que nos habían inyectado. Los humanos miraban las cintas de vídeo con cara de no acabar de entenderlas, y esta vez pasaron seis meses hasta que se convencieron de que no íbamos a dejar de darnos por culo tan sólo porque a ellos se les hubiese acabado el líquido azul.
Un día vino al laboratorio un humano muy viejo, al que el resto de los tipos con bata blanca parecían respetar mucho. Estuvieron hablando durante mucho tiempo, y todo el mundo parecía confuso y contrariado. Finalmente se levantaron todos de sus sillas, y este viejo sacó de un maletín una botella con un líquido morado, que empezaron a inyectarnos a todos en cuestión de minutos.
Los efectos no se hicieron esperar: todos los comportamientos extraños se acentuaron ese mismo día. La chimpancé que se pasaba el día con un dedo en el chocho ahora le cogía dos o tres dedos a cualquiera que pasase a su lado y se los metía. El monito comemierdas ahora insistía en que los demás probásemos su propia producción; nos dejaba sus mierdecitas en nuestros platos para la comida, y se meaba en los platos con agua. A ninguno de nosotros nos importaba mucho, pero tuvimos una epidemia de lombrices intestinales y al final los humanos le apartaron a otra jaula.
Con el líquido morado aparecieron también nuevos comportamientos. Varios machos se pasaban el día gritándose entre ellos, y cada vez que empezaban a luchar se empalmaban, entonces hacían las paces con un 69. Una hembra lactante se dedicaba a exprimirse las tetas mientras apuntaba el chorro de leche a nuestros ojos. Cuando regaba a alguna hembra en celo, cierto macho la respondía meándola desde el otro extremo de la jaula, pero este mismo macho echaba a correr aterrado cuando la leche le caía a él, y se refugiaba acurrucándose en una esquina de la jaula mientras temblaba de miedo. Ningún chimpancé mostraba una sexualidad normal.
A todo esto, los humanos estaban muy preocupados. Se les notaba cuando veían las cintas de vídeo. No entendían lo que estaba pasando. Se daban cuenta de que algo iba mal, pero a pesar de todo seguían inyectándonos. De vez en cuando les veíamos discutir.
Yo también tenia nuevas manías causadas por el líquido morado. Empecé a pasarme el día metiéndome un dedo en la garganta para vomitar, entonces frotaba el vomitado por los sobacos de alguna hembra y me lo volvía a comer. No me preguntéis por qué, pero esto hacía que me sintiese muy satisfecho.
Pero más raro todavía es que empecé a sentir una extraña atracción hacia Roberto, el mismo humano que había despreciado y utilizado desde el principio… ya sabéis que el amor es ciego… no, no era que me atrajese exactamente él…
Me di cuenta de qué es lo que me gustaba de él cuando una tarde le vi sacarse un moco de la nariz y comérselo. Sé que parece absurdo, pero es que su nariz tenía dos agujeros con el tamaño apropiado, y excitantemente forrados de pelo por dentro pero no por fuera.
Curioso, las narices de los otros chimpancés no me atraían; era tan sólo la de Roberto la que me gustaba. Probablemente porque las narices de los humanos son mayores. Empecé a mostrarme más cariñoso con Roberto que de costumbre, y le miraba mucho a la cara, cosa que siempre le había gustado. Creo que me enamoré de él un poquito. Bueno, de su nariz. Empecé a tener fantasías con ella, y al poco tiempo el deseo por este amor imposible me consumía. El mundo por fin parecía tener sentido. Mi objetivo en esta vida, mientras siguiesen inyectándome el líquido morado, estaba claro: follar la nariz de Roberto. Me sentía eufórico, no podía dejar de pensar en follar esa bonita nariz, enloquecía de pasión, y lloraba de frustración durante las noches cuando pasaba demasiadas horas sin ver esa adorada nariz.
Y hoy, por fin, ha llegado mi día. Se ha hecho de noche y Roberto sigue aquí. De vez en cuando discute con su esposa y se queda leyendo un libro en el laboratorio hasta tarde. No hay más humanos en el edificio. Este es el momento que he estado esperando durante tantas semanas.
Hago un poco de ejercicio para calentarme. Voy a necesitar tener los músculos a tono para consumar mi pasión.
Abro la jaula. Sí, cualquier humano se sorprendería al saber que puedo hacerlo, pero es que últimamente me han estado usando en otros experimentos de aprendizaje con mecanos, y he aprendido muchas cosas. O a lo mejor ha sido un efecto secundario del líquido morado el que me haya ido volviendo más astuto. No sé. El caso es que hasta ahora no he abierto nunca la jaula, pero esta es la ocasión. Salgo de ella sin llamar la atención de los otros chimpancés, y la vuelvo a cerrar para que nadie más se escape. Quiero a Roberto para mí solo.
Ahora me acerco a la mesa de Roberto. Sólo de pensar en su nariz me empalmo. Tengo el rabazo más impresionante de mi vida, casi me da miedo, está tan hinchado que me da la impresión de que la piel se me va a rasgar.
No tengo prisa. Está arrinconado detrás de su mesa, sin posible escapatoria. Me quedo un rato mirando a su nariz, medio oculta tras su libro, como si él la estuviese escondiendo provocativamente, y mi polla se hincha todavía un poco más.
Roberto levanta por un momento la vista de su libro y se queda de piedra al verme enfrente suyo. Es el momento de la acción. Sin darle tiempo a reaccionar, salto por encima de la mesa y caigo a plomo encima suyo, pegándole una patada en el pecho y tirándole junto con su silla hacia atrás, contra la esquina. Vaya hostia. De verdad que lo siento, Roberto, pero es necesario.
Para cuando empieza a moverse ya me he puesto encima suyo, con las piernas a sus lados. Le agarro la cabeza por el pelo y acerco mi polla erecta a su nariz, pero él empieza a reaccionar intentando apartarse. ¿Por qué te resistes? ¡Si también te va a gustar a ti! Le pego un par de hostias con la cabeza contra la pared, para que no se mueva, pero no funciona, está intentando levantarse. Empiezo a saltar con mis 30 kilos encima de sus cojones y le clavo salvajemente mis uñas en sus orejas y cuello para inmovilizarle la cabeza. El resto de los chimpancés del laboratorio están chillando infernalmente, y de repente me doy cuenta de que yo también estoy gritando algo con todas mis fuerzas.
Bien, ha dejado de moverse. Vuelvo a acercar mi polla a su nariz, y ahora hace un gesto medio involuntario de protegerse la cara con sus manos. No puedo evitarlo, su resistencia me excita. Le suelto las orejas, agarro un pisapapeles de mármol caído en el suelo, y empiezo a pegarle una paliza que probablemente es innecesaria. Es curiosa la forma en que su dolor se transforma en mi satisfacción.
Ha dejado de moverse, pero sigue respirando. Bien. Le vuelvo a levantar la cabeza con mis manos y esta vez puedo conducir mi polla hasta su nariz sin problemas. La sensación de tocarle la nariz con mi capullo me resulta sorprendentemente intensa, y me quedo un momento parado disfrutando el escalofrío. El roce con su nariz es arrebatador. Empiezo a frotarme, moviendo mis caderas y su cabeza de lado a lado. Ah, esto es incluso mejor de lo que pensaba.
La entrada resulta ser más difícil de lo que me imaginaba.
Empujo con mi polla contra su nariz, pero no pasa nada. Cambio de postura, y ahora le agarro la cabeza por la coronilla en vez de la nuca. Hago toda la fuerza que puedo con mi pelvis y mis brazos, y de repente se oye un chasquido de hueso roto y entra la mitad de mi polla. Incluso a mí me ha dolido; Roberto vuelve en sí al tener su nariz rota. Me mira sin acabar de entender qué es lo que pasa, pero ya no se mueve. Es curioso lo rápido que aprenden los humanos cuando les sometes a los estímulos adecuados.
Retiro mi polla y vuelvo a meterla. Esta vez entra con más suavidad, la sangre está lubricando su nariz. La sensación es increíblemente deliciosa; me retiro y ataco de nuevo. Otra vez. Más rápido. Me está mirando. No te muevas, baby. Más hondo. Eso es, ponte cómodo. Así. Ahora la saco del todo y se la meto por el otro agujero de la nariz. Que apretadito, es fabuloso. Fuera y dentro. Como mola meterla. Más fuerte. Se oye otro chasquido, esta vez más leve, y por fin puedo meter mi polla hasta el fondo, mientras Roberto tiene un espasmo. La saco y se la meto por el otro agujero. Así. Más rápido. Oh baby. Empiezo a agitar su cabeza de un lado a otro mientras le perforo las dos narices. Perdona si te estoy machacando el cuello, pero es que tu cabeza no es más que un juguete que me da placer cuando la muevo. Cambio de postura. Sí, sí, bésame los huevos… Estoy a punto… más lento… oh, que maravilla. Me corro sincronizando mis eyaculaciones con los meneos de su cabeza y los empujones de mi pelvis, cada uno más fuerte que el anterior para arrancar el máximo placer de su nariz.
Cuando acabo le suelto la cabeza y me siento exhausto a su lado. Su aspecto es patético. Está cubierto de heridas y sangre. Busca a ciegas sus gafas rotas por el suelo y se incorpora un poco. No sé si está llorando o si es que está sorbiendo sangre y semen de su nariz para escupirlo… debe ser una mezcla de las dos cosas. Está en shock. No sabe si levantarse o si acabar de sonarse mi lefotada.
Siento un poco de pena por él y le intento acariciar un brazo. Es un gesto que siempre le ha gustado, pero ahora se aparta de mí. ¿Por que te lo tomas así? ¿es que no te ha gustado? Hombre, es que eras virgen, y ya se sabe que la primera vez… venga, la próxima vez te gustara más. ¿Paces?
No.
No sé exactamente cómo, pero veo en sus ojos que nuestra amistad está perdida, y que no volveré a poseer su nariz. A este precio no sé si ha valido la pena, pero claro, ¿para qué quiero su amistad si no puedo follarle la nariz? Además, nunca me cayó bien, siempre pensé que era un humano particularmente baboso. Mejor me olvido del asunto y me largo de este sitio…
…¿Para ir adónde?
No sé, pero tiene que existir una selva fuera del laboratorio. Sí, eso haré, volveré a la selva. Me dirijo a la puerta, y entonces veo al resto de los chimpancés. Algunos de ellos siguen gritándome y tirando de los barrotes de las jaulas. Pobrecillos. Tengo que hacer algo por ellos. Me acerco a las jaulas y empiezo a abrirlas, sin pensar en las consecuencias…
El líquido morado tiene efectos realmente raros. Una de las chimpancés se lanza contra una pizarra y empieza a pintarse las tetas con tizas de colores. La hembra que se pasaba el día cogiéndonos las manos y metiéndoselas en el coño no se lo piensa dos veces y se va a por las manos de Roberto, que intenta protegerse acurrucándose en la esquina detrás de su escritorio.
Oh-oh, pero esta hembra no es el mayor problema de Roberto… Los machos que acabo de liberar se abalanzan sobre Roberto y empiezan a luchar por su nariz, pegándose entre ellos, tirando cada uno de un brazo o una pierna. Roberto está aterrado, pero no es realmente víctima del pánico hasta que le arrancan el primer brazo. El macho que se queda con él en las manos lo deja caer y vuelve a la melé. La hembra de las manos en el chocho no puede ser más feliz al ver un brazo sin dueño; lo agarra y vuelve corriendo con él dentro de la jaula, contenta como nunca, y dejando tras de sí un rastro de sangre por el suelo.
Es curioso que los humanos sean tan frágiles pero puedan gritar tanto. Cuando Roberto se calla por fin, algunos machos empiezan a masturbarse con sus vísceras. Bueno, quién sabe; lo mismo alguno de esos pingajos sanguinolentos es lo que queda de su nariz.
Las hembras son más raras, parece que les atrae el mobiliario del laboratorio. Una se dedica a tocar bombillas calientes, mientras otra intenta sacarle punta al dedo de una tercera usando un afilalápices eléctrico.
Este sitio se está volviendo peligroso, y me marea el olor a sangre. Adiós a la ciencia, me voy a la selva.
Tengo suerte: nada más salir encuentro un parque. Me quedaré a vivir aquí una temporada. Apuesto a que los fines de semana habrán niñas con naricitas respingonas paseando por aquí.
Santiago Arteaga