Estoy seguro de que el mamón de Mohamed se dejó ganar para deshacerse de ella. Seguro. Por eso no pude explicarme como habiendo perdido hasta la camisa en la partida de póker, se mostraba tan sonriente mientras me firmaba el contrato de traspaso de la nave estelar que acababa de perder a las cartas.
En aquel momento me dió igual: el caso es que yo ahora disponía de una nave nuevecita, y de último modelo, con la que poder trabajar como transportista interplanetario, y con la que poder ganarme cómodamente el cocido diario. Y algo más, claro. Corría el rumor de que un buen transportista se sacaba perfectamente al mes, dependiendo de sus viajes, una media de un millón de pavos limpios… Y eso siempre que no acudiese al siempre ilegal método del contrabando.
Por eso no entendía porqué Mohamed estaba sonriendo. ¡El muy cabrón…!
Evidentemente, nada más salir de la timba, me dirigí rápidamente hacia el astropuerto. Ya tenía mi título de propiedad en el bolsillo, y hasta un buen contrato de carga con el que hacer mi primer viaje hacia Magrillan II. Nada importante: patatas, que allí son consideradas artículo de lujo y de las que podría sacar, según me contó Mohamed, un par de milloncejos como si nada.
Cuando llegué, lo primer que hice fue asegurarme de que la carga ya estaba a punto en las bodegas de mi nueva nave. Y lo estaban: no había habido ningún tipo de problemas con ello, como tampoco lo hubo a la hora de pasar la aduana para abordar mi nave: lo que era evidente es que en mi primer viaje no iba a meterme a contrabandista… Más tarde, ya veríamos.
La nave me dejó boquiabierto: era una flamante tipo V que no parecía tener más de dos años. Una preciosidad de refulgente metal en la que hasta las pinturas de identificación quedaban bien, como si hubiesen sido diseñadas exclusivamente para ella.
Asendí por la rampa sorprendido cada vez más por la actitud tan alegre que había mostrado Mohamed: aquella preciosidad debía haberle costado un riñón y parte de otro como para deshacerse tan a la ligera de ella. Todo estaba resplandeciente, como si un excelente equipo de mantenimiento se hubiese ocupado de cuidarla hasta en el más nimio detalle. La rampa de acceso casi resbalaba de tan limpia como estaba. El pasillo de acceso hasta la sala de mandos simplemente refulgía como una patena…
Nada más entrar en la sala de mando me detuve sorprendido. ¿Qué demonios hacían esas cortinas en las pantallas de visión externa? ¡Aquello parecía la cocina de la casa de mi madre!
Me acerqué hasta ellas y las arranqué de un tirón. Y entonces sonó la voz:
-¿Que carajo crees que estás haciendo?
Me detuve, sorprendido.
-¿Quien eres? -pregunté.
-Alice, el cerebro electrónico de esta nave -contestó la voz. Sabía que las naves de tipo V tenían todas un cerebro electrónico con personalidad, pero aún así la afirmación me sorprendió. Y, sobre todo, porque la voz era la de una mujer joven-. ¿Y tu, quien demonios eres? ¿Dónde está Mohamed?
-Soy el nuevo propietario -afirmé mientras sacaba el título de propiedad y lo mostraba a la cámara de vigilancia de vídeo más cercana para que el cerebro de la nave lo registrara-. Mi nombre es Karl, y te gané en una partida de póker.
-¿Que qué? -respondió ella con voz dolida- ¡Este Mohamed es un hijo de puta sin escrúpulos! ¡Perderme A MI en una partida de póker, como si yo fuese una simple propiedad! -Luego su tono de voz cambió, e hizo que yo me sintiera incómodo de inmediato- Aunque… Por lo que veo, parece que he salido ganando en el cambio. ¡Ñam!
No comprendí aquel último ruído, y tampoco le dí la más mínima importancia. Así que tan solo me limité a dar la orden de despegue y la ruta que deseaba seguir mientras me iba despojando de la ropa para irme a mi cabina a darme un baño.
Creo que al fín comprendí lo que pasaba cuando, justo antes de entrar en mi camarote, me despojé inocentemente de mis calzoncillos.
-¡Joder, joder! Creo que tu y yo nos llevaremos MUY bien… ¡Qué cacho NABO! ¡Jaba, jaba! ¡Buen panorama!
Algo hizo que yo me agacahara inmediatamente a recoger mis calzoncillos y me tapara con ellos mis vergüenzas.
-Y tampoco estás nada mal de culo… Respingón, como a mí me gustan. ¡Estás como un tren, Karl!
-¡Basta! -grité- ¡Callate ya! ¡Tu eres solo una máquina!
-Ya… -respondió la onmipresente voz de Alice- ¡Pero tampoco soy de piedra!
Entré en mi camarote como una exhalación, pero, por supuesto, eso no sirvió de nada.
-Alice… Este es territorio vedado para tí. ¿Entiendes? Te PROHIBO utilizar cualquier cámara de vídeo en este alojamiento, o en el cuarto de baño de al lado. Y esto es una orden PRIORITARIA de clase uno. ¿Entendido?
De inmediato ví como el piloto de la cámara de seguridad se apagaba. Suspiré aliviado: una orden prioritaria de clase uno era algo que ninguna computadora podía saltarse… Por fortuna para mí.
Pero no por ello dejó de intentarlo:
-Jooo… Con lo requetebueno que estás… No hay derecho: tu estás literalmente dentro de mi y yo ni siquiera puedo echarle un vistazo a ese chasis tan impresionante que tienes…
-Se acabó -sentencié-: basta ya. Desconecta audio AHORA MISMO. Voy a ducharme.
Y juraría por mi padre que cuando el calzoncillo cayó al suelo el piloto de la cámara se iluminó por un segundo…
El radar detectó una nave en las proximidades, y después de tres días de viaje, me apeteció mucho entablar contacto con alguien que razonara un poco… y que no fuera un insoportable máquina cargada de manías con el cerebro de una chica joven y alocada.
-Alice, abre un canal de comunicaciones con la otra nave.
No hubo respuesta.
-Alice -repetí-, abre un canal con la otra nave.
Nada.
–¡ALICE! -grité
-¿Que coño quieres? -replicó ella.
-¡Que abras un canal de comunicación con la otra nave, leches!
-Ya está abierto. Déjame en paz.
Traté de hablar, pero me di cuenta de que el tablero indicaba que el canal no había sido abierto.
-Alice…
–¡QUE!
-¿Donde está ese canal? -pregunté lentamente
-Lo estoy utilizando yo.
-¿Que dices que qué?
-¡Joder, es que hacía un montón de tiempo que no veía a Clara, y estamos charlando un ratito!
-¿QUE? ¿Y de que cojones pueden estar hablando dos naves espaciales?
-Bla, bla, bla, bla… ¿De que coño vamos a estar hablando? Pues de lo que hablan las mujeres… Precios, maquillaje, ligues… ¡Dejame en paz, joder, que tengo que ponerme al día!
-Ma… -vacilé- ¿Maquillaje? ¿Ligues?
-¡Oh, si! -respondió ella pletórica, y la pantalla de visión se encendió mostrando un primer plano de la otra nave- Mira, mira… ¿Ves que pintura tan guapa se ha puesto Clara en el lateral? ¡Y por casi nada! Dice que hasta el cerebro electrónico de la base de aterrizaje de Morfoz 7 le dijo que estaba como un tren, y que trató de ligar con ella, pero no vayas a decir nada, porque su novio, el crucero estelar Mark 7 le estaba esperando en Gipher 5, y mientras ella, de palique por ahí. Claro que no me sorprende nada, porque Clara siempre ha sido más bien ligera de cascos, y el ligar es para ella como un juego. Claro que comparada con Myriam, Clara es una virgen vestal: porque mira que a Myriam le gusta hacer de putón desorejado, y es que…
-Planeta a la vista, corazón mío.
Ultimamente a Alice le había dado por utilizar apelativos, según ella, cariñosos, al dirigirse a mí, lo que me hacía sospechar que se había saltado a la torera la prohibición de no utilizar las cámaras en mi habitación.
Desde hacía unos días, me sorprendía despertándome en la parte de arriba de la cama, con las sábanas por el suelo, y sospechaba que Alice aumentaba durante la noche la temperatura del aire acondicionado de la habitación con el único fín de que yo sintiera calor mientras dormía y me quitara la ropa de encima para poder echar un vistazo a gusto de mi cuerpo.
-Pantalla -ordené.
Estaba contento: por fín parecía que estábamos llegando a Magrillan II, donde podría vender aquella inmensa cantidad de patatas que esperaban pacientemente bajo riguroso control climático en el fondo de las bodegas de la nave, y con las que pensaba sacar unos más que respetables beneficios una vez descontados los gastos y los impuestos que el gobierno del planeta me impondría sin duda alguna.
Algo me llamó la atención: había estado mirando unos cuantos video-libros para informarme sobre la cultura y las costumbres de Magrillan II (nunca está de más conocer determinadas cosas que luego sirvan para conseguir mejores negocios al llegar a un sitio), y algo no se correspondía con lo que estaba viendo en aquellos momentos.
Entonces caí en la cuenta: Magrillan II era un planeta terraformado sobre una base rocosa de material férrico, y por tanto, desde el espacio se veía como una bola de color rojizo…
Y aquel planeta tenía un claro color verdoso.
-Alice… ¿Dónde diantres estamos?
-Llegando a Marphyn III.
-¿Marphyn III? ¿Y que carajo estamos haciendo nosotros en Marphyn III? ¡Pero si eso está a una semana de ruta de Magrillan II!
-Claro, y pretenderás que me presente en Magrillan II con este aspecto tan lamentable que tengo! En Marphyn III está el mejor esteticista de naves de toda la galaxia, y he pensado que…
-¡No pienses, coño! ¡Te dije que fueramos directamente a Magrillan II! ¡Me importa UN HUEVO tu aspecto!
Un extraño ruído llenó la cabina. Algo que parecía… que parecía… como si alguien sorbiera por la nariz.
Y un minuto más tarde me encontré estampado contra el techo, mientras la voz de Alice tronaba por toda la nave.
-¡Lo que pasa es que TU NO ME QUIERES! ¡Te doy ASCO!
Alice estaba frenética, y para demostrarlo no se le ocurrió otra cosa que activar y desactivar los controles de gravedad de la cabina de mando. Por lo tanto, tanto me encontraba estampado contra el techo, como de golpe caía hacia el suelo y tenía que estar un rato aplastado contra él soportando cinco veces mi peso para, instante seguido, verme otra vez cayendo vertiginosamente contra el techo. Y todo eso, mientras el ordenador de la nave seguía berreando a través de los altavoces.
-¡Cerdo! ¡Machista! ¡Hombre tenías que ser para no comprender el alma sensible de una mujer que te quiere! ¡Asqueroso! ¡Solo me quieres para que sea tu esclava, y te haga todo el trabajo! ¡Explotador! ¡Negrero!
-¡Basta, basta! -supliqué yo… Pero al final me di cuenta de que lo que tenía que hacer era ser razonable con ella- Perdoname, Alice -le dije mientras me aplastaba bajo cinco gravedades contra el suelo de la cabina-. No quería ser tan brusco… Te suplico que me perdones.
De inmediato, la gravedad se normalizó… pero pude observar a través de las pantallas de navegación como algo se desprendía de la nave y se iba perdiendo en el espacio mientras Alice hacía sonar algo muy parecido a un llanto desesperado por los altavoces de la cabina.
Un llanto… Y entonces comprendí que era aquello que se filtraba desde la nave al espacio: el agua. ¡Toda mi jodida reserva de agua!
Tenía que pensar rápido si no quería acabar bebiéndome el zumo de un montón de patatas exprimidas como último recurso de supervivencia.
Solo me quedaba una solución: consolar como fuese al temperamental ordenador de a bordo:
-Alice… Perdoname. No he sabido explicarme -dije mirando hacia una de las cámaras de vídeo, y mientras por el rabillo del ojo observaba el rastro dorado del agua perdiéndose en el espacio para siempre jamás-. Lo que sucede es que hasta que no entregue la carga en Magrillan II no dispongo de ningún tipo de dinero, y esperaba que comprendieras eso… Te pido POR FAVOR un poco de comprensión: he sido muy brusco contigo, de acuerdo, pero es que yo suponía que tu sabrías que mi cuenta corriente estará vacía hasta que no entreguemos el cargamento en su destino… Te prometo que en cuanto entreguemos la carga, y yo disponga de dinero, voy a hacer que tengas el mejor embellecimiento de toda la galaxia -a estas alturas, observé que la filtración de agua iba disminuyendo poco a poco, hasta ser casi tan solo un hilo-. Vas a tener un lifting que va a hacer que todas tus naves amigas se mueran de envídia con tan solo verte -¡Por fín hasta la más pequeña filtración de agua había desaparecido!-. Eso es una promesa. ¿De acuerdo?
-De acuerdo, cariño -me contestó con un hilo de voz- ¿Hacemos las paces?
Ahora fuí yo quien se sorprendió.
-Por mí, vale… -dije.
-Pues dame un besito, y todo arreglado.
¡Joder…! Era lo que me faltaba. Pero después de la paliza que me había dado con el cambio de gravedades, no podía arriesgarme a otra berrinchera…
Así que me acerqué hasta el pupitre de control y, con toda suavidad, le di un beso.
Y ella no desaprovechó su oportunidad:
-Los hombres sois la leche. Y unos tontos del culo: os lo creeis todo a la primera. ¿Se puede saber que carajo haces besando el tablero de control? ¡Que soy una nave estelar, gilipollas!
Sebastián Font (Satán)