Indudablemente, tener dinero tiene sus ventajas. Y a más cantidad, mayores son éstas: de repente te aparecen amigos por todas partes, te codeas con la más alta y selecta sociedad y puedes acudir a los mejores sitios sin tener que responder a ninguna maldita pregunta.
Y, lo que quizás sea más importante, haces unos valiosísimos contactos: unos contactos que te pueden salvar el culo en el momento más delicado; unos contactos que no suelen preguntar de donde ha salido el dinero, o qué es lo que haces con él. Simplemente están ahí, esperando a que alguna que otra migaja les caiga encima. Y eso, aunque tengan que estar todo el día besándote el culo, haciéndote la pelota o bajándose los pantalones en público.
Que diferencia a cuando uno es un pobre muerto de hambre! Cuando no tienes ni un centavo que gastar eres como una estera a la que todos pueden pisotear, con la que todos pueden divertirse. Y a tí solo te queda callar y aguantar. O morir, si esa otra gente, los poderosos, lo considera necesario.
Quizás sea por eso por lo que a mí no me gusta demasiado pisotear en exceso a la gente. De acuerdo, me gusta irme de putas de vez en cuando, y alguna vez me llevo el látigo de cuero o la nudillera metálica: pero en esos casos me dejo el suficiente capital como para montar un pequeño negocio. Ya saben: una buena cantidad para la putita de turno, otra para que el chulo no abra la boca, un pequeño soborno para el médico que se encarga de curar a mi víctima y, por supuesto, el pago de todas las cuentas del hospital. Como dice el refrán, «quien algo quiere, algo le cuesta».
Y yo se lo que cuesta. He vivido a ambos lados de la línea. He sido un mierda perdido en una gran ciudad que vivía pidiendo limosna, robando o vendiendo crack.
Y ahora soy un millonario tan podrido de dinero que muchas veces lo malgasta simplemente comprando caballo en cantidades industriales y repartiéndolo gratis entre los que luego serán mis futuros clientes. Hay que fomentar el negocio!
La oportunidad solo llega una vez en la vida, dicen. Y a mi me llegó una noche de hace solo tres meses.
Esa noche necesitaba un buen pico, y no tenía ni una mala moneda. Así que estaba acechando tras una esquina, esperando con el punzón que yo mismo me había fabricado a base de lijar un mango de un tenedor que había encontrado por ahí, y dispuesto a asaltar al primero que apareciera y se pusiera a mi alcance.
Y tuve suerte, mucha suerte: un hombre bien vestido apareció surgiendo de un portal y miró receloso hacia ambos lados de la calle desierta. En un primer momento no vi el pequeño maletín marrón que llevaba en la mano, y que agarraba con firmeza. Pero cuando empezó a caminar en dirección hacia la esquina tras la que me encontraba, supe que ese maletín iba a ser mío.
Por fortuna también, pude ver el bulto del revolver marcándose en su elegante chaqueta de tweed, y supe que si quería obtener algo de aquel tipo sin dejar la piel, primero tendría que actuar y luego, si quedaba algo de él, preguntar.
Y eso hice: en cuanto llegó a mi altura, le clavé el improvisado puñal con todas mis fuerzas en el cuello, justo encima de la yugular. El tipo no tuvo tiempo para nada, salvo para sujetarse el tenedor y tirar de él con todas las fuerzas que le quedaban: un error fatal, puesto que de inmediato comenzó a surgir la sangre en cómicos chorritos mientras su corazón se esforzaba inutilmente en hacer llegar algo del rojo fluído al cerebro.
El tipo aún tuvo tiempo de mirarme y de soltar una apagada frase antes de morir:
-Estás muerto, tío -me dijo-. Muerto. Lo que hay en este maletín pertenece a Guiulio Cassatti.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Sabía perfectamente quien era Guiulio: el jefe de la Mafia de aquella parte de la ciudad, y sabía también que era una persona que no se andaba con reparos a la hora de vengarse de alguien.
Ese anuncio hizo que una descarga de adrenalina fluyera como un rayo por mis venas: me sentí alerta, despejado. Hasta el mono había desaparecido.
Saqué la cabeza por el callejón hasta el que había arrastrado al hampón tras clavarle el tenedor y miré a ambos lados de la calle principal a la que daba: nadie. No se veía ni un alma. Miré hacia las ventanas, pero todas ellas estaban oscuras. Y al callejón tampoco daba ninguna, así que empecé a alegrarme y a sentir un alivio infinito.
No me había visto nadie. No habría testigos que pudiesen decir a la policía (ni a los secuaces de Guiulio) algo que les pusiese tras mi pista.
Luego me he enterado que en un cuerpo humano hay casi cinco litros de sangre. No, no fue un trabajo limpio. El hampón del maletín parecía haber dejado más de quince litros del fluído vital sobre el suelo: la roja mancha llegaba hasta la pared del fondo del callejón. Me incliné sobre él y le mangué lo que tenía en la cartera: unos pocos dólares. Tal vez 20 o 25.
Pero mi sorpresa fue inmensa al abrir el maletín y ver lo que había en él. Bonos. Bonos negociables del estado. Y un montón de ellos.
La mejor manera de blanquear una cantidad enorme de dinero.
Sabía perfectamente qué hacer con ellos, así que a la mañana siguiente empecé a moverme temprano.
Con los 25 pavos de la cartera, me compré un traje barato (pero que me quedaba como un guante) y me afeité a conciencia. Después me dirigí hacia el First Bank y vendí uno de los bonos, el de menos valor que encontré. Con ese dinero, alquilé una caja de seguridad y dejé en ella el maletín: era dinero demasiado caliente, y tendría que dejarlo enfriar un poco antes de disfrutar de él. De todas maneras, el bono que había vendido me había reportado cinco mil dólares; una cantidad más que respetable para empezar a trabajar.
Con la pasta en el bolsillo, me llegué hasta la tienda de ropa más cercana que encontré y me gasté casi 800 pavos en un traje de categoría y en una maleta vacía. Después me metí en el hotel Marsh y alquilé una habitación bajo nombre supuesto. Allí me duché a conciencia, y mediante el servicio de habitaciones me hice un corte de pelo de lo más tradicional.
Después pedí una conferencia: llamé al aeropuerto de San Francisco y compré un billete de avión con mi nombre auténtico, y con destino a Nueva York, la ciudad en la que me encontraba ahora.
Ahora solo era cuestión de esperar hasta que aterrizara esa tarde el vuelo proveniente de San Francisco para tener la coartada perfecta. Cuando calculé que poco más o menos el avión acababa de llegar, me puse el traje nuevo, metí el viejo en la maleta y salí del hotel. Un taxi me llevó hasta el Ritz, donde pedí una de las habitaciones más caras y lujosas de todo el edificio.
Dormí como un sultán aquella noche, y a la mañana siguiente me fuí hacia el First Bank y saqué el maletín de la caja de seguridad. Pertrechado con él, me acerqué hasta el mostrador. Dí orden de que se abriera una cuenta y que se ingresara en ella el valor efectivo de aquellas acciones.
Cuando la cajera calculó por encima el montante de la pasta, llamó inmediatamente al director, y a este solo le faltó besarme directamente el culo. Yo le largué el rollo de que había vendido mi empresa y había convertido toda la pasta en bonos, pero que ahora estaba interesado en volver a cambiar todo aquello en pasta líquida porque había visto un negocio que me interesaba, y el muy gilipollas se tragó toda aquella bola enterita.
La pasta… Resultó que el montante del dinero era de casi DOS MIL MILLONES de pavos. Y limpios de impuestos. ¿Qué más se podía pedir?
Lo cierto es que desde entonces solo me dedico a disfrutar de la vida: los mejores coches, las mejores putas, la mejor comida y la mejor coca. Y me guardo mucho de meterme en negocios en las zonas controladas por la Mafia, y en especial, en la antigua parte de la ciudad en la que antes yo vivía mi otra vida: la zona de Guiulio.
Así pues, el día en que recibí una invitación de Guiulio para que acudiese a una de sus alocadas fiestas, casi me muero de risa.
El muy cabrón tenía una casa que no se hubiese podido pagar ni el Presidente de los Estados Unidos. Y sus putas eran de una calidad increíble: nada de tailandesas, o de mujeres de baja estofa. La más humilde de ellas llevaba puesto un visón cuyo precio calculé que rondaba las seis cifras… E iba bien preparada: no tenía nada debajo.
Nos hicimos amigos. Sí, el muy hijo de puta no sopechaba nada de mí: yo solo era un inofensivo tipo de San Francisco podrido de dinero. Un posible socio capitalista.
E, irónicamente, lo de «posible» desapareció: me convertí en su socio. El ponía los locales que ya tenía, los matones y los huevos, y yo ponía la pasta y me dedicaba a recoger una sustanciosa parte de los beneficios cada final de mes. Y no solo eso, sino que el nuevo status que había alcanzado al juntarme con Giulio me permitió que éste me enseñara placeres que yo ni había sospechado.
Y allí estaba yo esa noche: en la limusina de Guiulio, dirigiéndome hacia el restaurante más caro, imponente, exclusivo e ilegal de todo Nueva York.
Al principio creí que Guiulio se había equivocado, en cuanto llegamos: aquello era una destartalada fábrica abandonada. Pero cuando pasamos al salón, me di cuenta de lo equivocado que estaba. La gente que había en aquella lujosa estancia valía más que todo el dinero que tenían, en oro y multiplicado por diez. Vi a un par de congresistas con sus mujeres. Vi a tres senadores, dos con sus mujeres y al otro con una de las exclusivas putas de Guiulio. Vi a algún que otro juez, y a un par de millonarios. Y vi, en una mesa aparte, al resto de los capos de la Mafia de la ciudad.
Nos sentamos solos en una mesa aparte. Todo el mundo parecía estar esperando algo.
El maitre cogió en aquellos momentos un micrófono y anunció que la sala estaba completa, y que ya se podía empezar a escoger la comida. Un nutrido grupo de camareros uniformados se apresuró a dispersarse por toda la sala repartiendo los menús. Yo cogí el mío y lo abrí.
Y no me enteré de nada: todo estaba en francés, y ese no es un idioma que yo domine. Todo… menos la única inscripción que había debajo del título remarcado que decía «SEGUNDO PLATO». Allí solo ponía «ESPECIAL DE LA CASA».
-Verás que bueno es esto -me comentó Guiulio-. Seguro que nunca habrás comido ninguno de los platos que podrás disfrutar hoy.
-Bueno, Giulio, confío en tí -le dije yo-. No tengo ni idea de francés, así que no se que demonios pedir. Hazlo tú por mí, ¿quieres?
-Claro, «amicci», claro -replicó-. Pero antes, tengo que decirte que en este restaurante solo sirven carne. Nada de ensaladas, ni sopas, ni nada de ese tipo. Y una carne muy especial. Fresca. Muy fresca.
-A mi ya me está bien -le respondí-. Me gusta la carne.
-Pero -me cortó él- es que estamos hablando de cosas muy especiales: carne de animales en vías de extinción. Muy selecto… Y muy caro: un millón de dólares por persona.
-¿Qué? -exclamé- ¿Animales a punto de extinguirse? ¿Un MILLON?
-Tranquilo, «caro amicci», tranquilo -me dijo-. Es buena carne, y el cocinero sabe prepararla como nadie. Y en cuanto al precio… bueno, esta noche somos una especie de invitados de honor y, por tanto, no tendremos que pagar «niente».
Eso no me tranquilizó en absoluto. No se ustedes, pero yo prefiero no comer cosas que me puedan dejar sin estómago.
Un camarero se acercó hasta una de las mesas llevando consigo una mesa cubierta con un mantel. En un solo gesto, lo retiró… Y allí había una jaula con un enorme pavo real dentro. El bicho era enorme, pero lo que realmente me llamó la atención fue que el cuello sobresalía por fuera de la jaula: quien fuese que preparaba aquello, había tenido buen cuidado en hacer que así fuera.
-Observa, «amicci», observa -me dijo Guiulio-. El congresista Newton ha pedido pavo real, y ya te he dicho que la comida aquí es muy fresca… tanto, que antes de cocinarlos te traen vivos a los animales para que seas TU MISMO quien los mate. Y ya verás: el congresista Newton es un tanto… ehm… salvaje para eso.
Vi, espantado, como el camarero le daba al congresista un pequeño martillo. Este lo tomó y, sin pensárselo dos veces, propinó un terrible golpe a la cabeza del animal. Esta cayó inerte sobre la mesa, pero el congresista no paró: continuó golpenado con saña la pequeña testa del ave hasta que de esta no quedó más que un informe bulto. El mantel de su mesa estaba ahora teñido de la roja sangre del pájaro y del gris oscuro de sus machacados sesos.
Tras un golpe final, el congresista devolvió el martillito al camarero. Este hizo una reverencia y se alejó hacia la cocina, llevándose la jaula. Newton chorreaba sangre por su cara: los restos de la cabeza del ave. Un grupo de camareros se la limpiaron y retiraon el mantel, sustituyéndolo por uno nuevo y colocando los cubiertos primorosamente.
Mi estómago no rugía de satisfacción, precisamente. Y más cuando ví que en el resto de las mesas, el protocolo era más o menos el mismo.
Vi gente que tiraba de la cabeza de un galápago hasta que se quedaba con ella en la mano, arrancada del cuerpo de la tortuga. Observé como uno de aquellos tipos metía el cañon de una pistola por entre las rejas de una jaula y lo introducía en la boca de un cachorro de oso negro antes de hacerle saltar los sesos contra el impecable uniforme del camarero. Comprobé como una pareja reía alegremente mientras cogían una enorme escopeta y seguían a uno de los camareros hacia el exterior.
-Mira -me señaló Giulio a la pareja que se marchaba-: por lo visto el senador Fowling va a cenar esta noche patas de elefante.
Oí el amortiguado disparo, y al momento la pareja volvía a estar en su mesa riendo alegremente.
Un camarero se acercó entonces hasta nosotros, y preguntó muy cortésmente que qué deseabamos. Guiulio solo dijo una palabra: Gila. El camarero se retiró tras una reverencia.
Al cabo de unos segundos, una de aquellas mesas se acercaba hasta nosotros. El camareró retiró el mantel de un solo gesto, y allí estaba, vivíta y coleando, lo que iba a ser nuestra cena: un enorme reptil, de casi dos metros de largo desde el extremo de su cola hasta la cabeza. Yo me espanté un poco: la cabeza sobresalía casi medio metro de la jaula.
El camarero le tendió un enorme machete malayo a Guiulio. Este lo observó y me preguntó:
-¿Deseas hacer tu los honores?
Yo apenas pude decir que no. Guiulio cogió el enorme cuchillo y lo levantó sobre la cabeza de la bestia para, inmediatamente, dejarlo caer.
¿Han visto ustedes alguna vez una lagartija a la que se le corta el rabo? La cola sigue moviéndose espasmódicamente durante unos segundos antes de quedar inmóvil… Pues imagínense eso mismo, pero en un monstruo de dos metros de largo y sin cabeza.
-No me gusta ser demasiado cruel con estos animales -me aseguró mi socio-. Bastante tienen los pobres con acabar en nuestros estómagos.
Yo no estaba muy seguro de que aquel bicho acabara en el mío. La sensación de naúsea, de asco, se iba apoderando cada vez más de mí. Guiulio debió darse cuenta, porque me dijo:
-No te preocupes, es buena carne. Sabrosa, y con un punto de sabor… como una mezcla entre pollo, quizá, y pescado.
Yo me hice una promesa: si aquel hijo puta de italiano de mierda comía aquella cosa, yo no iba a ser menos. Qué cojones! Para huevos, los míos.
Y sí, fue cierto: la carne del Monstruo de Gila es de una delicadeza sin igual. Cuando nos lo sirvieron cocinado hice un acopio de valor y corté y me comí un pedazo de su carne. Y la verdad es que estaba buenísima: tal y como Guiulio me la había descrito, pero, además, de una delicadeza sin precedentes. Lo cierto es que me gustó enormemente. Jamás había comido cosa igual.
Mientras comía cada vez con más fruición, observé que quienes habían pedido antes que nosotros, y que ya habían terminado, esperaban tranquilamente. Le pregunté al respecto a Guiulio.
-¿Y esos a qué esperan?
-Al segundo plato -me contestó-. Aún no está listo. Esperan a que todos acabemos para poder disfrutar de él.
-¿El «Especial de la Casa»? -inquirí.
-Sí, el mismo -me aseguró mi socio.
Yo dejé de comer en ese momento: había terminado. Guiulio hacía tiempo que lo había hecho, y me esperaba.
-¿Sabes? -me dijo- Eres un buen amigo, y un mejor socio. Si hay algo de tí que aprecio es que no me haces preguntas cuando te pido dinero para los negocios.
-Gracias -le contesté yo-. Soy de la opinión de que entre socios debe haber cierta confianza.
-Exacto -aseguró él-. Y por eso mismo soy de la opinión que, quizás, tendrías que haberme dicho hace días que el dinero que me dejas es aquel que le robaste a uno de mis empleados hace un mes.
-¿Como? -me sorprendí.
Guiulio había tenido sus manos hasta ese momento debajo de la mesa, ocultas por el inmaculado mantel. En un solo gesto, sacó su mano derecha y me la pasó por debajo de la cara de derecha a izquierda.
Y entonces ví el cuchillo ensangrentado. Y sentí el lacerante dolor en el cuello. Porque, con un solo gesto, Giulio me había rajado el cuello de oreja a oreja.
Mi expresión debió ser de pasmo, porque mientras yo boqueaba tratando de respirar y mis pulmones iban llenándose de mi propia sangre, el cabrón de mi ex-socio se dignó a explicarse:
-Nadie se burla de Giulio. Nadie. Y tengo suficientes altos cargos y policías en mi nómina como para averiguar todo lo que a mí me de la gana. Tu robo no iba a ser una excepción.
Sonrió entonces torvamente. Y añadió mientras yo sentía como el último soplo de vida se iba escapando de mi cuerpo:
-¿Sabes? Tu error fue no hacer desaparecer el cuerpo… Encontramos huellas por todas partes. Tendrías que haber pensado en eso, como yo lo he hecho para desacerme de tí -entonces se relamió y añadió-.¿Sabes? Vas a ser UN SEGUNDO PLATO COJONUDO!
SATAN (Sebastián Font)